Borja Monclús

Aunque estaba muy a gusto dentro del vientre materno, la naturaleza y unos fórceps propiciaron que naciera. Creció nutriéndose de toda la sección de terror de serie B del videoclub, algo indigesta, también hay que decirlo. Quedó prendado con la casquería de esas producciones de dudosa reputación estadounidenses hasta contemplar Drácula de Bram Stoker, dirigida por Coppola, que es cuando se dio cuenta de la pérdida de tiempo que hasta ese momento le había proporcionado la bonita casquería antes citada. Desechó la idea de convertirse en taxidermista y decidió estudiar Comunicación Audiovisual en Barcelona, donde experimentaría con todo tipo de estupefacientes ligados al séptimo arte. Considerando que la ciudad condal se había quedado vacía de estupefacientes, decidió probar en Zaragoza, donde empezó a trabajar en la muy lucrativa, pero no para sus bolsillos, exhibición cinematográfica. Allí conoció a otro excéntrico sujeto con el que daría rienda suelta a sus más desternillantes ocurrencias. Benny Hill, Jim Abrahams y Paco Martínez Soria son algunos de los exponentes que más le han influenciado hasta la fecha, quizás.